
La casa de Rubén seguía oliendo a madera vieja y a polvo, pero sobre todo… a ausencia. Desde que él se quitó la vida, Amy evitaba pasar por esa calle. Era su mejor amigo. Su hermano del alma.
Una semana después del funeral, Amy comenzó a escucharlo. Primero fueron pequeños acordes de guitarra, que parecían venir desde el fondo de su mente. Luego, los golpes rítmicos en el cuarto de ensayo, donde Rubén pasaba horas componiendo.

Cada noche, a la misma hora, 3:00 a. m., la melodía sonaba. Y una voz susurraba:

Pero una noche la guitarra, que estaba guardada en su funda, apareció afinada sobre la silla. Y en la pared, con tiza blanca, alguien había escrito: “No me olvides, pero no me sigas.”
Amy no podía dormir. No comía. No hablaba. Sus amigos —Clara, Alfredo y Noé— comenzaron a preocuparse. Una tarde la encontraron afuera del cuarto de ensayo, temblando, con los ojos rojos.
—Rubén está aquí —dijo—. Me habla. Quiere que lo escuche. Los tres se miraron con miedo, pero también con compasión. Decidieron acompañarla esa noche. 
El reloj marcó las 3:00 a. m.
“Escúchame, no repitas mi silencio.” Amy lloró. Cayó de rodillas frente al micrófono de Rubén.
—No estás sola —susurró.
Juntos escribían canciones, reían, soñaban con grabar un disco. Todo eso terminó una noche de lluvia, cuando Rubén decidió apagar su propia voz.

Nadie lo entendió. Ni siquiera Amy.
Y desde entonces, el silencio pesaba más que cualquier palabra.
—Amy…
Al principio creyó que era el viento.
El aire dentro del cuarto se volvió helado. Las luces parpadearon. Y entonces se escuchó la guitarra. Una melodía triste, hermosa, incompleta. Sobre las paredes comenzaron a aparecer frases escritas con polvo:
“No fue culpa tuya.”
—¿Por qué lo hiciste? —gritó—. ¡Podrías haberme dicho algo! ¡Yo estaba ahí!

El sonido de la guitarra se detuvo. Y en el espejo del cuarto apareció la silueta de Rubén, hecha de luz y sombras.
—Amy —dijo su voz, apenas un eco—, no pude pedir ayuda… pero tú sí puedes hacerlo por los demás. El miedo se mezcló con ternura. Alfredo se acercó y puso una mano en su hombro.
—Él no quiere que te quedes atrapada en su adiós —añadió Clara.
—Ayúdanos a ayudar —dijo Noé.
Las luces se fueron apagando lentamente, una a una, hasta que solo quedó el reflejo de la guitarra en el suelo.
Rubén se desvaneció con una última frase escrita en el vidrio de la ventana empañada:
“Transforma el dolor en música.”

Días después, Amy y sus amigos regresaron. El cuarto de ensayo ya no daba miedo. Entre lágrimas y risas, lo convirtieron en un espacio para jóvenes que habían perdido a alguien. Ahí se hablaba, se lloraba, se componía, se compartía. Amy tomó la guitarra de Rubén y comenzó a tocar la melodía incompleta. Esta vez, la terminó. Y aunque a veces, cuando la noche es muy callada, aún se escucha un acorde invisible acompañándola… ya no siente miedo. Sabe que Rubén vive en cada nota, en cada conversación, en cada intento de sanar con amor.
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